parar, y ver

Caminar por inercia. Y hacerlo sólo. Me da que en esta combinación está muchos de los males de una parte de la sociedad occidental.
Un día aprendimos a caminar. Y otro comenzamos a elegir unos modos y unos determinados lugares por donde y hacia donde hacerlo.

Lo más cómodo, cada día, es seguir caminando de la forma aprendida, y hacerlo sin pararnos a pensar cómo lo estamos haciendo, o preguntándonos si nos gusta esa forma.

Siguiendo esos pasos que elegimos hace tiempo y han dejado una huella conocida por la que reandar. Cómoda, pues ya sabemos adonde nos llevan.

 

Sin embargo, a veces existe una especie de rum rum que nos dice que las cosas no van bien, que algo falla. Que ya no existe esa alegría al caminar. O ese goce al llegar al final del paseo.

Y hay como una voz baja, que nos va dando señales, que nos pide parar.  Y hay como una voz alta que nos pide no hacerlo.

No lo hagamos. No, no paremos, veremos cosas, y si vemos cosas nos costará más continuar con la inercia. Dejar la inercia supone un esfuerzo. La palabra esfuerzo no nos gusta. Así que no paremos ni un instante, y así evitamos enfrentarnos. Sigamos caminando intentando obviar a esa voz baja, aunque poco a poco esta voz intentará hacerse más fuerte. Pues somos nosotros, pidiendo parar.

 

Parar simplemente es necesario. El cuándo y cómo es una decisión personal. Aunque enseñarnos nos han enseñado a hacerlo más bien cuando ya es imposible seguir caminando. Cuando la señal ya no es señal sino que es alarma.

En ese momento, otra creencia que hemos tragado sin masticar, es que debemos hacerlo solos.

Hemos aprendido que es mejor ser autosuficientes, y que pedir ayuda o reconocer que la necesitamos no está del todo bien. Poner la mirada en mi durante un tiempo, ¿dejarme apoyar en el otro? No está bien visto. Es egoísta.

 

Obviamente dedico una gran parte del texto a contaros las cosas como yo las he visto durante mucho tiempo.

Por suerte en mi camino, tuve la oportunidad de parar y comprobar, parar y experimentar.

Parar y ver y que cambiasen los modos, y los lugares, e incluso las metas. Cambió no todo pero sí mucho.

 

Afortunadamente hice el camino acompañado. Donde los que acompañaban no se situaban a distinta altura, sino que caminaban al lado.

Esa es la suerte que he tenido y esa es mi manera de enfocar ahora el proceso psicoterapéutico. Como una oportunidad para parar, y ver. Y hacerlo en compañía.

Parar para ver mejor, con mayor perspectiva. Ver para elegir. Y entonces, recuperar esa alegría al caminar.

Pues sea como sea que caminemos, o sea por dónde sea, habrá más consciencia al hacerlo. Estará elegido.

 

La inercia podrá ser muy cómoda, pero es poco alegre.

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