Saltar

Hace ya tres días que volví, y aún ando asimilando lo vivido en el Festival Inspira.

Pareciera que me rebelo a poner en palabras lo que siento, como si fuera más difícil que otras veces

Últimamente lo es.

Y lo es, o lo vivo así pues ando algo abrumado, raro, como con una sensación de vértigo. Aquello que cada día comparto está llegando a más personas, y esto en sí es movilizador. Ahora, no es solo el número. Es lo que genera, o lo que muchas de esas personas me dicen que genera, pues me vienen escribiendo, compartiendo ese “no se qué” que les mueve mi trabajo.

Y sí, es raro de asimilar, aún. Obviamente es bonito. Muy bonito. Emocionante. Y me siento muy muy agradecido, feliz. En paz.

Ahora, aún me cuesta digerirlo. E imagino que en el fondo hay también miedo. Miedo a que en el camino, por andar saltando, se pierda un poco la magia de este ir avanzando poquito a poco y degustando cada paso.

Sí, son maravillosos los saltos pero también asustan, a veces.

Hace ya seis días que llegó, por fín llegó esa fecha que tenía bien marcada en el calendario: el Festival Inspira.

Álvaro Sanz, a quien solo conocía a través de las redes sociales, me había invitado primero a ser una de las personas “en cartel”, que venían a inspirar, inspirar al resto, sí, menuda responsabilidad tan bonita. Poco después me invitaba también a impartir, además, uno de los talleres del Festival.

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Ocurriría durante un fin de semana en las montañas, y acompañado de un montón de personas que asistían ávidas de inspiración, deseosas de reencuentros, emociones nuevas en su vida, otras curiosas…

 

Todo llega, también las cosas bien marcadas en el calendario. Antes de llegar anduve movido. Me revelaba ante la idea de prepararme la charla, el taller, como intuyendo (sin saberlo), que no debía hacerlo.

Sí, llegó.

 

¿Lo que ocurrió allí? Aún necesito tiempo para digerirlo bien. Creo no ser el único al que le pasa… algunas cositas sueltas voy contando, pero no me siento todavía capaz de hacer una especie de resumen. Ni creo que ya ocurra, no todo debe contarse… no todo puede narrarse.

Ahora sí puedo (y quiero, necesito) sincerarme con vosotros y hablaros de estas no digestiones, de estas sensaciones raras, de este vértigo… de eso sí sé.

 

Ha sido el lugar (mágico), la montaña, los amaneceres…

Ha sido la suerte de la no conexión con el exterior.

 

Han sido las personas.

 

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Ha sido la conexión con ellas. Las sonrisas, los abrazos, los lloros, la emoción compartida. Ese mirarnos y no hacer falta mucho más, pues todo se decía con el cuerpo (no siempre hace falta hablar)

Han sido los momentos de pelos de punta (tantos), sí, la magia, esa que se construye con la suma de todos los elementos, y que en estos tres días ha sido reincidente.

 

Y, ha sido el salto.

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Atreverme por primera vez a dar una charla ante más de 100 personas, y que el tema de la charla sea uno mismo.

Es haberme dado este permiso, ser yo mismo en presente, y presentarme ante el resto “desnudo” (por olvido) de imágenes con las que apoyar lo que quería expresar, “desnudo” (por decisión) de un guión claro sobre lo que quería decir.

Ha sido este confiar en mayúsculas en el poder que tiene estar en presente, con lo que hay. Mostrarme en ese presente y compartirme.

Compartirme y que esto genere un ida y vuelta de sensaciones, emociones. Ver a mi alrededor a algunas personas con los ojos brillantes, a algunas llorando. Como yo. Y sentir que estábamos juntos.

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A partir de ese instante, sentí que todo fluyó.

Me olvidé de los miedos que andaban también acompañándome y ya en el taller, me dediqué a seguir confiando. Solo quienes me acompañaron en él saben el tipo de magia que ocurrió, también. Saben cuál es ese uno de los momentos más bonitos que he vivido en un taller…

Después, compartir y más compartir.

 

Vuelvo a casa tras este gran salto, consciente de que el salto no se da sin esos pasitos de a diario.

Vuelvo con una sensación de agradecimiento brutal a la vida. De agradecimiento a ese día en el que decidí atreverme, moverme, y salir de ese espacio cómodo para apostar por mis sueños.

Vuelvo a escribir con el único objetivo de no dejar que pasen más días, y ponerle las palabras que sean, aunque vuelvan a salir brutas, desordenadas, a todo este sentir nebuloso y luminoso a la vez mezclado, en mi.

 

Me siento más niño, y a la vez más maduro tras el Festival Inspira. Me siento vivo.

 

Lo dije hace años y quiero gritarlo de nuevo ahora.

Si me muriese ahora mismo, me sentiría orgulloso del camino. Y eso no tiene precio.

 

Gracias a todas y a todos por lo sumado este fín de semana. No voy a darlas una a una, pues me pasaría un poco como a Álvaro, y creo que las di en cierta manera con cada mirada, con cada abrazo, cuando nos despedíamos en el pantano.

Gracias por ayudarme a saltar.

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