Yo, autónomo.

“¿Cómo va tu vida de autónomo? Espero que muy bien.”

El mensaje me llegaba esta mañana. En un primer momento he pensado: Menuda pregunta para una mañana de domingo…

Ahora, acto seguido, he sentido que necesitaba responderla. Y que para responderla, necesitaba respirarla un poco.

Responder a quien me la preguntaba, y sobretodo responderme a mi mismo. Parar y reflexionar sobre algo que me tiene movido, claro que sí, “muy bien” movido.

¿Cómo va mi vida de autónomo?

Uff… Complejo. Es complejo responder a algo tan reciente, muy reciente mi relación, casi flirteo con “la vida de autónomo”. Complejo pues estoy ahí dentro, en medio de ese vaivén de emociones, con lo que tengo menos perspectiva.

De ahí este intento de respirar, salirme, y mirar ahí.

¿Reciente? Bueno, o quizá no tan reciente.

A los 20 años me independicé, salí de casa de mis padres, y me fui a vivir a un piso compartido en la misma ciudad, Castellón. Recuerdo que nadie entendía ya por aquel entonces, que hiciese algo así. Y desde entonces, en ese sentido, he vivido de manera autónoma.

Autónomo económicamente, pese a las crisis, pese a no tener colchones económicos, pese a los peses, sí, llevo 17 años viviendo de manera autónoma.

Ahora, la pregunta iba a lo literal. Autónomo, dado de alta como autónomo.

La vida de autónomo es compleja. Esto es indudable.

Es una decisión que como todas, implica unas renuncias. Y en ello ando, en primero darme cuenta de las renuncias, y después en entender lo que implica de nuevo.

En ese sentido, quizá los primeros días y semanas andaba feliz, por el hecho en sí de haberme atrevido, atreverse es de valientes, claro que sí, y las señales (creo en ellas) me empujaban a confiar y a confirmar (ya lo creía de antemano) que es la mejor decisión que podía haber tomado.

Ahora, esa especie de euforia inicial iba a bajar. Obvio. Era un salto y no se está siempre en el aire, cuando uno salta.

Así que ahí ando, respirando la bajada. Donde la bajada es darme cuenta de que el suelo tiembla un poquito bajo mis pies, y asomarme a los miedos, a las inseguridades, y sobretodo, a la incertidumbre.

Incertidumbre. Gran palabra. Si hay algo a lo que desde hace años le tengo miedo y a la vez busco, es a la incertidumbre.

Han sido las certidumbres, los días iguales, la rutina, el saber lo que iba a pasar, las respuestas: “como siempre”, “nada nuevo que contar” que veía en muchas personas con las que me he ido relacionando de las que he querido huir.

Pero como buen miedoso, me ha costado tiempo, mi tiempo, dar el salto del todo.

¿Por qué?

Pues porque no buscaba la incertidumbre sin más. Buscaba una incertidumbre distinta. Buscaba subirme a un barco con un Norte, donde Norte significa vida alineada con una visión-pasión personales.

Cuando uno tiene claro a qué ha venido a este mundo puede subirse a ese barco, aunque no sepa a qué islas le va a llevar, subirse cada día a una aventura nueva, sin saber si el mar estará más calmado o habrá más marejada.

Solo cuando ese norte ha estado más o menos claro, he podido dar el salto.

Ahora, cuando uno da ese gran salto, y cae en ese suelo nuevo, es fácil sentir que se tambalea todo al principio.

Y en eso ando, respirando el impacto del salto todavía. Ahora entiendo mejor que simplemente es natural y que es necesaria esta crisis, este “susto”, para abrir los ojos y ponerme las pilas, y entonces seguir caminando.

Ser autónomo implica ponerse las pilas. Construirnos día a día. Que es el fin y al cabo lo que quería. Sentir que construyo mi vida y que no sé lo que va a pasar, aunque a veces “agote” solo de pensarlo.

Solo que cuando esa vida la construimos dedicándonos a lo que nos apasiona, el agotamiento es distinto. Pocas veces he visto a personas más agotadas, o me he visto a mi más agotado, que cuando hacía lo que no me apasionaba.

Complejo, complejo este mundo aunque a la vez rico, y un espacio de aprendizaje también.

Ando en el tema 1 de este máster de Autonomía, en la introducción.

Y pese a la no luz, pese a los miedos, no me arrepiento para nada.

Tenso, y miedoso, y a la vez despierto, atento, curioso, tras el salto.

Y a la vez, con fe. Si no hubiera fe, no habría salto.

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